Arla

De todo un poco

venerdì, aprile 18, 2008

Por Soledad Barruti y Violeta Gorodischer

El próximo 24 de abril se cumple el 93º aniversario del genocidio armenio. El primero del siglo XX. Ensayo del nazismo y antecedente de lo que ha dado en llamarse la Solución Final. El permiso necesario que encontraron muchos gobiernos para ejercer su poder y eliminar a un pueblo que actuaba en oposición a sus intereses. Engranaje calculado, el plan implicaba que la masacre jamás fuera reconocida oficialmente ni mucho menos castigada: de ahí que en la actualidad aún se la siga negando desde distintos sectores, tanto en Turquía como a nivel internacional. Mientras el gobierno argentino acaba de promulgar una ley por la cual cada 24 de abril se conmemorará el “Día de Acción por la Tolerancia y el Respeto entre los Pueblos” en recordación de este genocidio, la pregunta obligada es qué ocurrió con las víctimas y los sobrevivientes, dónde están los intelectuales, y quiénes levantan hoy la voz para que el horror deje de ser silenciado.

De derecha a izquierda: el escribano Gregorio Hairabedian, responsable de la Fundación; el doctor Alejandro Schneider, director del Proyecto Exilio Político Armenio y codirector del Programa de Historia Oral; y Federico Gaitán, nieto de Hairabedian y uno de los motores de la Fundación. Entre los tres llevan adelante un proyecto inédito en el mundo: rescatar la memoria viva del genocidio y convertirla en pruebas de un juicio. Foto: Xavier Martin

El genocidio

Dos millones de personas vivían en Armenia Occidental bajo el dominio del Imperio Otomano antes de la Primera Guerra Mundial, mientras que Persia dominaba la región Oriental que más tarde sería anexada a Rusia. A pesar de las diferencias étnicas y religiosas (cristianos los armenios y musulmanes los turcos) y de ser un pueblo conquistado que vivía subyugado social, económica y culturalmente, durante 600 años no hubo enfrentamientos armados entre ambos. Hasta que hacia fines del siglo XIX, impulsados por las ideas progresistas que llegaban de Europa, algunos grupos de armenios comenzaron a dar muestras de querer modificar sus condiciones de vida. Pero Armenia continuaba siendo ese territorio clave, cruce de caminos comerciales entre Oriente y Occidente, motivo por el cual el Imperio no estaba dispuesto a aceptar el desmembramiento. Y, ante las primeras rebeliones, llegaron las primeras respuestas. Dos masacres anunciaron lo que vendría: entre 1894 y 1897 fueron asesinados más de 200 mil armenios, y en 1909 se sumaron 30 mil a la lista.

Cuando estalló la Primera Guerra, en 1914, todo armenio varón y menor de 45 años que habitaba en Turquía fue obligado a enlistarse en las tropas otomanas, ahora controladas por un grupo de universitarios militarizados conocidos como los Jóvenes Turcos (miembros del partido Comité de Unión y Progreso, CUP), para luchar junto a Alemania contra la amenaza zarista. En el bando enemigo, los armenios rusos formaban parte del ejército del zar y debieron ir al frente europeo. Pero el resultado no fue el esperado. Por un lado estuvo la negativa de los armenios que formaban parte de las tropas del Imperio Otomano a iniciar acciones contra los armenios que habitaban territorio ruso; y por el otro, las acciones subversivas de armenios rusos en territorio otomano desataron la ira turca. Y la represalia que no se hizo esperar: los soldados armenios fueron culpados de traición por su sola nacionalidad, desarmados y enviados a realizar trabajos forzados. Los Jóvenes Turcos habían comenzado su fase antiarmenia.

Fue así como el 24 de abril se formó una Organización Especial (OS) integrada por ex presidiarios entrenados para limpiar de armenios el territorio turco. Se ordenó una deportación masiva hacia la Mesopotamia y el desierto que, durante más de un año, se extendió en las zonas de influencia y en los campesinados alejados de cualquier territorio de conflicto. Cada ciudadano contaba con dos días para abandonar su hogar: a los más influyentes, a los más preparados, se los fusilaba directamente, y el resto debía lanzarse hacia una de las tantas caravanas por el desierto en las que se sucederían las matanzas indiscriminadas, los abusos contra mujeres y niños, el abandono de personas hasta su lenta y agónica muerte por hambre y sed. Hubo en esos éxodos más de 25 campos de concentración, en su mayoría abiertos, y se hundieron en el mar barcos cargados de víctimas. El desierto se cubrió de cadáveres sin tumba. Hasta que ya casi no quedó nadie. De los dos millones de armenios sobrevivieron menos de 600 mil, y ninguno en territorio otomano.

Los que lograron escapar de la deportación se ocultaron gracias a la ayuda de funcionarios conocidos, amigos o misioneros, y se exiliaron donde pudieron: Siria, el Líbano, Rusia. Y de allí a cualquier parte del mundo.

De la negacion al habla

Guerra entre pueblos, esgrimieron los turcos. Ataque en legítima defensa. Deportación por cuestiones estratégicas. El genocidio fue negado desde el primer día en que comenzó. Y a lo largo del siglo XX, Turquía se encargó de cuidar y mantener su maquinaria del olvido. La intención era clara: borrar las huellas de la existencia armenia, por todas las vías posibles. A la muerte tangente, real, vino a sumarse entonces la muerte simbólica: aquí no ha ocurrido nada, no hay nada que transmitir. Arando cementerios, deportando a los niños en edad de recordar, imponiendo leyes totalitarias que restringen el acto mismo del habla, el Estado turco quiso llevar el negacionismo al extremo. No dejar rastros.

Lejos, diseminados por América, Europa y Asia, los sobrevivientes, que llevaron con ellos sus historias grabadas en la memoria, callaron. Llevados a comenzar una nueva vida, con sus familias desintegradas, mutiladas, muertas, no tenían a quién contar. Así, el duelo de todo un pueblo nunca pudo ser hecho, porque para eso es necesario decir. Un testigo que hable y uno que esté dispuesto a escuchar. Creer en lo que se escucha y autentificar de esa forma la vivencia. Recién entonces, el duelo podría hacerse efectivo. Alejandro Schneider, doctor en Historia, director del Proyecto Exilio Político Armenio y codirector del Programa de Historia Oral de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, lo supo desde el primer momento. Por eso, junto con la Fundación Luisa Hairabedian y un grupo de profesores e investigadores de la UBA, creó en la Argentina el primer Archivo de Relatos Orales que funciona en la Biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras. Un Archivo de la Palabra que rescata para el mundo la memoria de los sobrevivientes del genocidio armenio que llegaron en un exilio forzado a nuestro país. Porque hoy, a los 90, 100 y hasta 104 años de edad, esos testigos necesitan llevar a cabo la transmisión: son los niños deportados que habían presenciado el horror y que podían, aún pueden, recordar. “Nos interesa preservar la historia y la memoria; la historia oral en particular permite dar voz a quienes no la han tenido”, sostiene Schneider. “Porque los armenios fueron un pueblo perseguido, torturado, asesinado es que nosotros tenemos que dar voz a esos sobrevivientes para constituir la historia, dar una respuesta al negacionismo histórico.” La convocatoria es abierta a todo aquel que quiera participar brindando información o recogiendo testimonios. ¿Cuál es el método? Analizar historias de vida en base a entrevistas no rígidas, con preguntas semiabiertas donde el entrevistado cuenta cómo era su infancia, a qué se dedicaban sus padres, cuántos hermanos tenía, en qué barrio vivía, si llegaba a estudiar, cómo era el pueblo, cómo era la relación con los turcos. “Pero, usted, ¿por qué tardó tanto en llegar? Ellos sufrieron, lo sintieron en el cuerpo, ellos sabían mejor. ¿Por qué tardaron tanto? ¿Cuántas generaciones pasaron? Yo querría ser útil para decir la verdad”, disparó hace poco una sobreviviente de 94 años.

“Acá las sensaciones son múltiples, son relatos muy cargados y hay que estar muy pendiente del otro. Son personas muy grandes que de repente tienen que cortar el relato por el llanto o por la bronca”, explica Lucila Tossounian, una antropóloga de 29 años que desde hace dos colabora en el programa. Como ella, nieta de un sobreviviente, casi todos los involucrados en el proyecto son jóvenes descendientes de armenios que al presentarse bromean por el “ian” que homologa los apellidos y les permite definirse como “la nueva generación”. Ellos, dicen, no reconocen su armenidad a través de símbolos y valores tradicionales sino por esta búsqueda que les permite reencontrarse con una historia tantas veces negada. Si uno de los interrogantes dejados por las grandes masacres es cómo se puede contar el dolor, lo que la experiencia viene a mostrar es que existen diversos caminos: “Yo a mis abuelos, que eran sobrevivientes, no los conocí, y mis padres no hablaban del tema, con lo cual nunca sabía bien qué decir sobre el genocidio armenio. Tenía un vacío no sé si de información, pero sí de transmisión familiar”, dice Alexis Papazian, historiador recién recibido. “Si ellos pueden contar, es justamente porque esas experiencias se las están transmitiendo a un entrevistador. En el entorno familiar no es siempre tan fácil: la ausencia de transmisión también es una forma de relato; que yo no me haya enterado también es lo que hace en algún punto que hoy esté acá”, asegura.

Actualmente trabajan en el Archivo doce recopiladores, jóvenes profesionales egresados de Antropología, Sociología, Historia, Filosofía y Derecho que, además de entrevistar sobrevivientes en Buenos Aires, ya viajaron a San Luis, Córdoba y Montevideo. Toman a la palabra como tesoro invaluable, camino hacia la verdad. “La metodología de Historia Oral puso a la palabra casi en pie de igualdad con el testimonio escrito”, plantea Schneider. “Hasta ahora todos los relatos orales coinciden en los incendios de casas, en las violaciones de niños y mujeres, en las caravanas de la muerte por el desierto. Ahí saturamos el criterio de verdad y llegamos a la conclusión de que esto evidentemente existió, no se puede negar.” Sin embargo, la mitad de los sobrevivientes que brindaron testimonio en el último año falleció poco tiempo después. ¿Es posible vincular ambos hechos, el testimonio y su muerte? ¿Es posible pensar que descansan en paz habiendo entregado esa historia que cargaron durante tantas décadas? En cualquier caso, para los investigadores, el apuro corre en paralelo al trabajo hecho. La tarea de los recopiladores es contrarreloj: “Donde haya un sobreviviente, allá vamos”, es el lema. Porque el propósito principal es el de crear una base de datos con testimonios de personas que en cinco o diez años ya no van a vivir. “Lo importante es poder tener un registro que haga a la memoria, y por otra parte, los testimonios nos van a servir como prueba”, aseguran.

Una familia, una causa

Como prueba, incluso en su sentido legal. Porque si por un lado los testimonios ayudan a demostrar la existencia del genocidio armenio como hecho histórico, por el otro contribuyen a la acción sin antecedentes en todo el mundo que inició hace siete años el escribano Gregorio Hairabedian, cuya familia materna y paterna fue diezmada en el genocidio: la Causa por el Derecho a la Verdad y el Derecho al Duelo contra el Estado turco. Fueron años de estudio que incluyeron una lectura exhaustiva de la causa del caso Rodolfo Walsh, el proceso efectuado contra Augusto Pinochet por el juez Baltasar Garzón y finalmente lo que sería la señal de largada que tanto estaba esperando: las acciones iniciadas por los familiares de los desaparecidos durante la última dictadura militar argentina una vez abolidas las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. “Encontré que había un paralelo entre las motivaciones que los genocidas tuvieron allá en 1915 y las que tuvieron acá en 1976. Hay una matriz común que es la de extirpar, la de exterminar un pueblo determinado”, explica Hairabedian.

“Eso me hizo pensar que era posible llevar a juicio el exterminio de cientos de miles de personas entre los cuales se encontraban todos mis ancestros, calculados en más de 50 personas.” Luego de una primera resolución negativa que fue apelada, el juez Norberto Oyarbide hizo lugar al pedido del escribano y emitió exhortos a todos los países involucrados en la causa para que abrieran sus archivos y enviaran a la Argentina las pruebas necesarias. “Ese fue un paso importantísimo para la Justicia argentina en general porque para iniciar la causa se basó simplemente en el artículo 118 de la Constitución Nacional Argentina, que hace referencia a los delitos de la violación de los derechos de las personas cometidos fuera del territorio nacional. Y éste es el primer caso en donde se aplicó esta ley en nuestro país.”

Al poco tiempo, su hija Luisa Hairabedian se convirtió en su abogada y, cuando las respuestas favorables de los primeros países empezaron a llegar, los dos entendieron que iba a ser necesario viajar a Europa para buscar personalmente las pruebas y seguir adelante con el juicio. Entonces iniciaron gestiones con cancilleres, embajadores, abogados y juristas, y lograron despabilar el adormecido sistema jurídico internacional que se empecinaba en olvidar lo ocurrido. “No fue nada sencillo, pero logramos obtener varios documentos de Estados Unidos, Francia, Alemania, España...”

Sin embargo, el destino tiende sus redes, va trazando el camino sin explicar por qué: a cuatro años de trabajar en el proceso, Luisa murió en un trágico accidente de autos. Y acá es cuando entró a escena Federico Gaitán, su hijo de 23 años, que pasó a convertirse en la voz cantante del juicio y en recopilador de testimonios orales. Para darle un marco aún más sólido a su trabajo, abuelo y nieto decidieron crear una Fundación que llevara el nombre de Luisa (Luisa Hairabedian) y tuviera los mismos desafíos que ella tenía en vida. Así, casi sin proponérselo, lograron algo que hasta entonces parecía imposible: sumar a todas las instituciones armenias a la causa, que trascendió la historia de la familia para devenir causa de toda una comunidad.

“Actualmente estamos esperando los documentos del Vaticano. Algunos países no contestaron todavía, como Rusia, pero tenemos trámites adelantados en Bélgica, e Inglaterra respondió favorablemente. Así que ya podemos acreditar que en Armenia hubo un delito de lesa humanidad”, resume Federico. Una vez que logren reunir todas las pruebas, el juez emitirá un petitorio con el procedimiento a seguir.

Lo que venga de aquí en adelante no será una tarea sencilla, y para comprobarlo alcanza con echar un vistazo a la situación actual del otro lado del océano. Los únicos casos que existen en la Justicia internacional sobre el genocidio armenio tienen que ver con reclamos patrimoniales o pedidos de resarcimiento económico de descendientes armenios estadounidenses. Mientras la Unión Europea evalúa el ingreso de Turquía a la mega-alianza económica, ese país continúa rigiéndose bajo una ley cuyo Código Penal establece que la sola mención del genocidio es punible con un castigo que va de los tres a los diez años de cárcel. Los intelectuales armenios siguen siendo perseguidos (ver recuadro) por su armenidad, y los poquísimos turcos que se animan a tener una visión opuesta a la del gobierno deben exiliarse, como sucedió recientemente con el Premio Nobel de Literatura, Orhan Pamuk. Con respecto a la causa argentina, el gobierno turco respondió a los exhortos diciendo simplemente que no le correspondía informar ni abrir archivos. Pero, pese a todo, los Hairabedian siguen firmes en su lucha, alentados por los logros que obtuvieron hasta el momento: “Turquía continúa con la postura negacionista, y los actuales gobernantes son encubridores y eso los inculpa también. Acá hubo un delito, y la existencia de un delito se tiene que demostrar en una instancia judicial. Hay que obligar a Turquía a ir a un juicio. Y nosotros somos muy positivos en eso. Sabemos que vamos a llegar a Europa. Y si no llego yo, llegará mi nieto. Nos guían las dos grandes banderas que la humanidad tiene siempre que levantar: la de la verdad y la de la justicia. Porque además sabemos que desde nuestra particularidad armenia estamos también trabajando en la lucha por la verdad y la justicia en cualquier rincón del mundo”.

Relato basado en relato

Fue la escritora Claudia Piñeiro, autora del best-seller Las viudas de los jueves, quien recogió la historia de esta familia para contarla en una obra de teatro. Bajo el título Un mismo árbol verde, el núcleo de la trama es el genocidio armenio, corriendo en paralelo a nuestra última dictadura militar. Como ella misma dice, Piñeiro no hizo más que dar forma a hechos que le contaron, porque Luisa Hairabedian era su amiga y, con el proyecto de armar entre ambas el guión de una película, le relataba los dramas que había atravesado su abuela: el sufrimiento por la usurpación y expulsión de su casa familiar, las atrocidades a las que sometían a los deportados, la muerte de cinco de sus hijos por hambre en la caravana con la que atravesó el desierto, la supervivencia en medio del terror, su llegada a la Argentina donde volvería a enfrentarse con el pasado cuando los militares irrumpieran en su casa para secuestrar y torturar a una de sus nietas. Relato basado en relato, historias secretas pasadas de generación en generación. “Muchas veces sucede que alguien se acerca a un escritor creyendo que la historia que tiene para contar es única y merece ser escrita, como si ponerlo en letras sobre un papel, pasar de lo oral a lo escrito, le diera otra categoría”, dice Claudia Piñeiro. “Pero no siempre esas historias llegan a comprometer la voluntad de escritura. En este caso, la pasión con la que Luisa me contaba su historia hizo que la sintiera como propia.” Por eso, a tres años de la muerte de su amiga, se propuso completar esa tarea proyectada en conjunto a través de Un mismo árbol verde, reestrenada en el teatro Payró con el auspicio de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación y la actuación de Marta Bianchi y Noemí Frenkel. Cruce entre realidad y ficción, podría decirse que todo está ahí: los estragos del vínculo madre-hija, el recuerdo del pánico, la iniciativa del juicio político, los militares argentinos irrumpiendo con una violencia que llevó a la metzma (como se nombra en armenio a la abuela) a gritar desesperada: “¡Volvieron los turcos!”, mientras la separaban de su nieta. “Lo que a mí me impacta de estas situaciones es el profundo temor de que las historias se repitan”, plantea la autora. “Como en la Colonia Penitenciaria de Kafka, cuando los seguidores de quien aplicaba la tortura con la máquina de tallar la condena sobre el cuerpo dicen que ya llegarán tiempos en que ellos y sus métodos podrán volver a la luz. A mí se me pone la piel de gallina.”

Tal vez sea el haber oído, el no haber inventado sino recibido, lo que hace que Claudia Piñeiro sienta que la historia no es suya. Por eso, hoy en día cede lo que cobra por derechos de autor a la Fundación Hairabedian: “A pesar de haber hecho un trabajo profesional, yo siento una especie de pudor, no sé si la historia es mía. Tengo una sensación de que en algún punto no me pertenece”, dice. Afirmación discutible, desde ya. Pero tal vez lo importante no sea eso sino el propósito. La voluntad. La certeza de que, de una u otra forma, determinadas cosas deben ser dichas: los hechos, como las palabras, no tienen dueño. Y en boca de la misma Piñeiro: “Sólo la memoria de todos puede evitar nuevos genocidios”.

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lunedì, gennaio 14, 2008

De Saul Bellow:

For instance? Well, for instance, what it means to be a man. In a city. In a century. In transition. In a mass. Transformed by science. Under organized power. Subject to tremendous controls. In a condition caused by mechanization. After the late failure of radical hopes. In a society that was no community and devalued the person. Owing to the multiplied power of numbers which made the self negligible. Which spent military billions against foreign enemies but would not pay for order at home. Which permitted savagery and barbarism in its own great cities. At the same time, the pressure of human millions who have discovered what concerted efforts and thoughts can do …

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mercoledì, maggio 09, 2007

Nos pidieron que escribiéramos acerca de traiciones literarias, y fue esto lo que me salió.

 

“Fuck off”, le escribió Julian Barnes a Martin Amis en 1995. Así terminaba la larga amistad entre dos de los mayores exponentes de una generación de brillantes escritores británicos.

Prueba de los lazos que los unieron es que la esposa de Barnes, Pat Kavanagh, había sido la agente literaria de Amis durante 23 años. En medio de la negociación por los derechos de su novela “La información”, el escritor decidió reemplazar a Pat por otro editor apodado ‘El Chacal’, quien le procuraría mayores ganancias. Julian Barnes y su esposa tomaron esto como una traición, y así fue que Barnes redactó esa escueta pero elocuente frase que Amis describió como "un conocido coloquialismo formado por siete letras, de las cuales tres son ‘F’.

Coincidentemente o no tanto, “La información” es una historia acerca de envidia, intrigas y traiciones literarias. Richard Trull es un novelista fallido obsesionado con el éxito fácil de su colega Gwyn Barry, un escritor superficial y mediocre, y se desvela ideando métodos para destruir a su rival.

Amis recurre a un humor cáustico para describir la personalidad de Barry, quien fue ampliamente identificado con Barnes a pesar de la débil desmentida de Amis, que nadie creyó. Abona la confusión entre ficción y realidad que el personaje de la agente de Barry en el libro fuera una vieja amiga de ambos escritores.

En su autobiografía “Experiencia”, Amis responde a la carta de su ex amigo: “Te voy a llamar dentro de un tiempo – un tiempo bastante largo. Voy a extrañarte”.

Pasaron doce años.

 

 

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sabato, aprile 07, 2007

Escribí esta nota que fue publicada en la revista Lamujerdemivida de abril, y aquí la comparto:

EL BORGES QUE NUNCA EXISTIÓ

 

 

1981. Diario italiano Il Messaggero: una gran foto de Borges, y debajo un titular: “El inexistente”. El autor de la nota era nada menos que el escritor Leonardo Sciascia. La noticia, con fuente en el suplemento literario del semanario francés L’Express, era que Jorge Luis Borges había sido una invención de un grupo de escritores, entre quienes estaban Adolfo Bioy Casares, Leopoldo Marechal y Manuel Mujica Lainez. Para darle vida a esta especie de obra colectiva habían recurrido a los oficios de un actor de segunda línea llamado Aquiles Scatamacchia (“¡Qué nombre de comedia del arte!”, exclama Sciascia).

Escribía Sciascia: "En cierto sentido –en un sentido propiamente borgeano- Borges se la buscó. Su instar al olvido, a la inexistencia, al deseo de ser olvidado, al no querer ser ya Borges, de alguna manera y con los aires que soplan en el periodismo, no podía sino generar la noticia de que Borges no existe”.  Según el escritor italiano esta noticia es “una invención que está en el orden de sus propias invenciones”, una fabricación que podría haber tenido como autor a Borges mismo.

Un error de la ilustre publicación francesa contribuyó involuntariamente a la “inexistencia” del argentino, ya que lo rebautizaba “José Luis Borges”.

Sciascia no fue el único escritor italiano que se ocupó del tema.  Antonio Tabucchi opinó al respecto: “La información era tan borgeana que se volvía divertida – incluso pensé en seguida que detrás de ese rumor no podía estar otro que el propio Borges”. Tabucchi recuerda que Borges irónicamente declaraba ser una invención de Roger Caillois, el escritor y traductor que lo descubrió y lo hizo popular en Francia. En una entrevista, Borges agregaba: “En Francia, en Sudamérica y en Buenos Aires también. Nadie me conocía antes”.

 

Criaturas creadas

 

Borges mismo no fue ajeno a la invención de escritores apócrifos. De su fantasía surgieron Herbert Quain, Pierre Menard, Honorio Bustos Domecq, Benito Suárez Lynch; creadores de ficción y personajes ficticios a la vez. El “Examen de la obra de Herbert Quain” es una reseña imaginaria de la imaginaria obra del irlandés;  Menard, un poeta francés de comienzos del siglo XX que intentaba escribir el Quijote; Domecq fue una creación conjunta de Borges y Bioy Casares - bautizado así a partir de los apellidos de sus respectivos bisabuelos - autor de relatos policiales humorísticos, así como el menos conocido Benito Suárez Lynch. En un paroxismo de lo ilusorio, cancelados ya totalmente los límites entre lo real y lo ficticio, Domecq llegó a tener su propia biógrafa, Adelma Badoglio, quien contaba que el escritor había nacido en Pujato, Santa Fe, y se había dedicado a la docencia.

José Saramago se unió también a este juego virtual. En “El año de la muerte de Ricardo Reis”, Ricardo regresa a Portugal tras la muerte del poeta Fernando Pessoa. En la biblioteca del trasatlántico en el que viajaba desde América encontró un libro de Herbert Quain, “The God of the Labyrinth”. Se sintió atraído por su título y quiso conocer de qué dios y de qué laberinto se trataba, pero descubrió “una simple novela policíaca, una vulgar historia de asesinato e investigación”.  Saramago declaró en una entrevista que, como en su novela él no había aclarado que ésta era una referencia a Borges, seguramente unos cuantos críticos literarios en Portugal estarían tratando de dilucidar quién era este nuevo autor y buscando desesperadamente las obras de Herbert Quain.

También el escritor alemán Gerhard Kopf proclama “No existe Borges” desde el título de su novela publicada en 1993. El narrador de la historia es un profesor en viaje a un congreso en Malasia para defender su hipótesis de que Don Quijote no había sido escrito por Cervantes sino por William Shakespeare. En el avión conoce a un pasajero argentino que le dice que Borges es una invención, “historias, nada más que historias”. La novela describe una serie de encuentros oníricos con el escritor en un oscuro corredor de hotel.

 

“Alguien tiene que decir la Verdad”

 

Tal el lema de la revista XXXX. ¿Qué tiene que ver la publicación nacionalista con Borges? Es que fue precisamente en sus páginas que se publicó por primera vez la noticia de la inexistencia del escritor, que reprodujo L’Express y luego fue retomada por Sciascia, que cita a “la revista argentina de derecha (“extrema”, según L’Express) XXXX”.

El actual director de la publicación, XX, no sólo recuerda la polémica surgida en 1981 sino que sigue indignado contra quienes no supieron comprender la “broma genial” urdida por el autor de la nota, XXX. “Con una mezcla de memez y villanía pocas veces vista, un grupo de incapacitados para el sentido del humor nos acusó de falsarios por sostener la inexistencia de Borges”, declara el director. En rigor de Verdad – a tono con el lema de la publicación - parece obvia la intención jocosa de lo escrito por XXX, algo fuera de lugar en una revista cuya ideología no se caracteriza precisamente por su sentido del humor. Pero los franceses, y no sólo ellos, se lo tomaron en serio, la broma se transformó en noticia y tuvo eco internacional.

La nota de XXXX se titula “Borges no existe” y relata que a mediados de la década del 20 Leopoldo Marechal escribió un artículo que no quiso firmar, y entonces se inventó un seudónimo: Jorge Luis Borges. Luego, como diversión, creó un pasado y una personalidad para este personaje. Más adelante se unieron a él Bioy, Mujica Lainez y otros, y “pasó lo mismo que con Frankenstein: el monstruo tomó vida propia y sobrepasó a sus creadores”.

La intención eutrapélica (sic XX) aparece come evidente, por ejemplo, cuando el periodista presenta al actor que los escritores decidieron contratar para personificar a Borges: “Se encontró el candidato ideal. Se llamaba Aquiles R. Scatamacchia. Se lo vistió adecuadamente, se le dieron dos o tres lecciones sobre urbanismo elemental (el Scatamacchia pre-borgeano mondaba con techito) y se lo lanzó a la vida pública”. El hecho de que el actor fuese casi ciego facilitaría la simulación, ya que permitiría explicar que “Borges” no reconociera a personas que tendría que haber conocido.

Las críticas recibidas desde Francia, donde se preguntaban por las intenciones ocultas de la "noticia" publicada por XXXX, apagaron el espíritu jocoso de los periodistas argentinos, que decidieron responder a las acusaciones. Dice XX: “Como un periodista imbécil de L'Express insistía en hacer gala de su incapacidad para el goce de la auténtica ironía y del género ficto, e insistía en llamarnos mentirosos, le remitimos una carta abierta poniéndolo en su lugar”. En ella la revista se queja de que la Francia de Miterrand sólo se acuerde de Argentina para criticarla, y de que la dictadura argentina, seducida por el presidente francés, hubiese permitido una apertura a los partidos de izquierda.

La polémica continuó por varios números, y la revista prometía: “Lea en el próximo número además de la continuación del apasionante ‘caso Borges’ una nueva encuesta: ¿Existe realmente Martínez de Hoz?”.  XX recuerda: “Pero el chascarrillo no prosperó, y para mal de todos, Martínez de Hoz siguió existiendo”.

 

La única verdad es la irrealidad

 

Quizá sea un lugar común decir que a Borges le hubiera resultado divertida la noticia de que no había existido jamás. Él hizo repetidas referencias, tanto en entrevistas como en su obra, a la inexistencia de su identidad personal. En palabras de Tabucchi: “Esta no es sólo una actitud existencial llena de ironía, sino el tema central de su obra narrativa”.

En una conferencia brindada en los ochenta en el Hospital de Niños, una espectadora le hizo una pregunta acerca de Dios, y Borges respondió: “Señorita, en este momento yo no tengo la seguridad de mi propia existencia, imagínese si puedo hablar de la existencia de Dios”. En otras oportunidades manifestó que no era realmente un escritor sino un impostor o un chapucero, y que temía el día en que todos se dieran cuenta de ello. También hizo declaraciones que admiten diversas interpretaciones, como “El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges”.

Tabucchi concluye su ensayo diciendo: “Yo creo que Borges quiere decir (…) que el escritor es, ante todo, un personaje que él mismo ha creado. Si queremos sumarnos a su paradoja y aceptar jugar su juego, podemos decir que Borges, personaje de alguien llamado como él, no existió jamás”.

 

RECUADRO:

 

Existir o no existir

 

Otro célebre “inexistente” fue William Shakespeare. Se afirma hace años que su obra no fue fruto del genio individual sino de la creación colectiva de diversos autores ingleses que quisieron reflejar el espíritu de la época. En España hay quienes aducen que Shakespeare fue creado ex profeso por los británicos para eclipsar el genio de Cervantes.

Lo mismo sucede con respecto a Homero: sus obras serían sólo una transcripción de relatos de la tradición oral griega. Otro autor que se consideró inexistente fue Isaac Asimov: ciencia ficción transformada en realidad.

Se encuentra un genio fantasmal también en el campo de la música. Varios musicólogos ingleses propusieron la hipótesis de que Bach nunca existió, sino que su nombre corresponde a una sigla de varios compositores quienes, unidos en una sociedad secreta, habrían escrito su música. El argumento es que un solo hombre no podría ser capaz de componer tantas obras excelsas.

 

 

 

 

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giovedì, gennaio 11, 2007

Alla rivista dove lavoro mi hanno chiesto di scrivere qualcosa sulla serie TV The Sopranos.  Mi chiedo cosa pensino gli italiani su questo programma.

Los Soprano

 

Logra no poca cosa: que una serie sobre la violencia mafiosa sea agradable de ver, que nos caiga simpático un tipo que pasa de besar a su hija a descuartizar a su socio, que el humor no quede fuera de lugar junto al crimen organizado.

Resulta atrapante desde la presentación, con su música hipnótica, los paisajes desprovistos de glamour de Nueva Jersey, y ese desfile de nombres inequívocamente ítaloamericanos. Los nombres de los actores y los de sus personajes resultarían fácilmente intercambiables: James Gandolfini como Tony Soprano, Michael Imperioli como Christopher Moltisanti, Lorraine Bracco como Jennifer Melfi. Gandolfini, el protagonista absoluto, declaró que su familia mafiosa era igual a la propia, sólo que en mayor escala.

Cada capítulo despliega la solidez y el arte de una buena película, con guiones y diálogos brillantes. Hay episodios geniales como el del 12 de octubre, tan políticamente incorrecto - como lo es toda la serie - en el que Tony y sus secuaces atacan a golpes a los indígenas americanos que pretenden arruinarles el homenaje a Colón, italiano como ellos.

Una peculiaridad de los Soprano es que cualquier cosa puede pasar y cualquier personaje, por importante que sea, puede morir; como sucedió con la sensual y vulnerable Adriana. Se dice que los actores se abalanzan sobre los guiones apenas los reciben para verificar si continúan en la historia o pasan a mejor vida.

Desde su inicio en 1999 la serie mantiene ocupadas a organizaciones como la Orden Hijos de Italia, que exigió su cancelación por presentar a los ítaloamericanos como “criminales, depravados y carentes de virtud”. Fuggedaboudit.

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mercoledì, dicembre 27, 2006

Ettore Majorana

Genio y misterio

 

Ettore Majorana, un brillante físico italiano de 31 años, desapareció el 26 de marzo de 1938, durante un viaje en barco debía llevarlo de Palermo a Nápoles. El nombre del joven se transformó, a partir de ese momento, en sinónimo de historia policial. Leonardo Sciascia escribió un libro sobre el tema y las preguntas sobre el caso persisten hasta hoy.

 

 

Todo padre de un niño talentoso desea demostrar sus habilidades ante las visitas, haciéndolo cantar, recitar, bailar. Ante el pedido paterno, Ettore Majorana hacía pruebas de cálculo y extraía raíces cúbicas a los tres años de edad. El pequeño, avergonzado, se ocultaba debajo de la mesa y, pocos segundos después, anunciaba los resultados desde allí.

Al llegar a la veintena, Majorana se había convertido en un científico genial, paragonado por sus contemporáneos a Galileo y Newton. En cuanto a su personalidad, sus colegas de la cátedra de Física de la Universidad de Nápoles lo definían como un joven tímido, silencioso y reservado, “muy sensible y profundamente bueno”.

En un ambiente en el cual la mayoría quiere sobresalir, Majorana se destacaba por su humildad. Llevaba la física dentro e investigaba sólo por la vocación y el placer de hacerlo, sin perseguir honores ni fama. Cuenta Leonardo Sciascia que, cuando se le ocurría una idea nueva, revolvía en sus bolsillos buscando un lápiz y una caja de cigarrillos para anotar complicadas fórmulas con caligrafía diminuta. Las enseñaba a sus colegas, que se entusiasmaban con la maravilla del descubrimiento y lo alentaban a publicar. Sin embargo, una vez fumado el último cigarrillo, él tiraba la cajilla a la basura. De este modo fue que descubrió, antes que el premio Nobel Heisenberg, la estructura de los núcleos atómicos.

 

Las cartas

Ettore Majorana era siciliano y trabajaba en Nápoles, por lo tanto viajaba frecuentemente entre ambos sitios. Según investigaciones policiales, a las siete de la tarde del día de su desaparición, Majorana se embarcó en el viaje de retorno desde Palermo hacia Nápoles y llegó a esa ciudad a las 5.45 de la mañana siguiente. Hay testimonios contradictorios al respecto, pero lo cierto es que quienes lo conocían jamás volvieron a verlo. Ese día, la vida del físico se transformó en “el caso Majorana”, “el enigma Majorana”.

La policía se inclinó por el suicidio y lo declaró muerto, a pesar del incómodo detalle de que no existía un cadáver. La evidencia que adujeron los investigadores para sustentar la hipótesis del suicidio fueron dos cartas escritas por Majorana antes de su desaparición, una a sus familiares y otra a un amigo.

Algunos párrafos de la carta escrita a su amigo Carrelli: “Tomé una decisión que era ya inevitable (…) Me doy cuenta de las molestias que mi imprevista desaparición procurarán a ti y a los estudiantes (…) De todos conservaré un sentido recuerdo, al menos hasta las 11 de esta noche, y posiblemente también después”. Las interrogantes son múltiples. A las 11 de esa noche Majorana estaría todavía en el golfo de Nápoles, a bordo de la nave que partía a las 22.30. ¿Qué quiso decir cuando escribió “posiblemente también después”? ¿Habría un ‘después’ porque seguiría vivo en algún lugar o se refería a la vida eterna? Sólo el científico supo con qué intención escribió esa carta.

La segunda misiva, aquella dirigida a los familiares, decía: “Tengo un solo deseo: que no se vistan de negro (…) Después recuérdenme, si pueden, en sus corazones, y perdónenme”.

Sciascia relata que Carrelli no había recibido aún la carta cuando le llegó un telegrama urgente de Majorana desde Palermo en que le rogaba no tenerla en cuenta. Luego recibió otra, en la que el físico escribía “El mar me ha rechazado” y anunciaba su intención de regresar a Nápoles al día siguiente. Después, parece esfumarse en el aire.

La madre del científico nunca dudó que su hijo estuviera vivo. Lo esperó siempre y le dejó su parte de la herencia “para cuando vuelva”. Luego de la desaparición, dirigió una carta a Mussolini en la cual descartaba que su hijo se hubiera suicidado y rogaba que se lo buscara. Mussolini requirió los archivos de la investigación y escribió sobre la tapa de la carpeta: “Quiero que se lo encuentre”.

 

¿“La” muerte o “una” muerte?

Tanto Sciascia como el físico Erasmo Recami (ver recuadro) rechazan de plano la teoría del suicidio. Recami explica que Majorana actuó como alguien que había decidido ocultarse sin dejar rastros: “Consideremos que, a inicios de 1938, retiró del banco todos sus sueldos disponibles y, además, llevó el pasaporte consigo”.

Según Sciascia, la intención del científico, evidente en la carta a sus familiares, era que se creyera que había muerto.“Yo veo la desaparición como una arquitectura minuciosamente calculada por un hombre inteligentísimo que había decidido desaparecer”, escribió. Aparentemente entonces, Majorana quería ser olvidado, había buscado intencionalmente la soledad, el aislamiento.

Ettore Majorana, su homónimo sobrino, también él físico, descarta todas las hipótesis vigentes fuera de la del suicidio, y las adscribe a motivaciones personales de quienes han abordado el tema. Declara desde Roma: “Podemos imaginar la historia de Majorana como una ancha trama tejida de hilos de oro, a los que cada uno añade ribetes propios. Usted escuchará muchas historias sobre él, pero le garantizo que el íntimo convencimiento de los familiares que he conocido era que se trató de un suicidio, y que por lo tanto no hay nada que investigar”.

 

 

La responsabilidad del científico

Una de las hipótesis sobre su desaparición, ya sea que se admita la muerte o una fuga planeada, es que Majorana fue tempranamente conciente de las implicaciones de los descubrimientos científicos que se estaban realizando en aquellos años. Algunos hombres de ciencia experimentaban con lo que luego sería la utilización de la fisión nuclear para producir energía.

Al respecto Sciascia escribió que “los esclavos de Hitler” (los científicos alemanes) se comportaron como hombres libres, mientras que aquellos supuestamente libres (los estadounidenses) “se comportaron como esclavos” al construir y utilizar la bomba atómica. No es desatinado pensar que Majorana, quien siempre veía más allá que sus colegas, haya previsto esto pocos años antes de que ocurriera. Quizá haya imaginado que la ciencia sería utilizada por el poder para la guerra, y su responsabilidad moral como científico lo llevó a retirarse.

Testimonios indican que frecuentemente Majorana se mostraba “asustado”. En este caso, él no habría abandonado su vida por depresión u otro problema psíquico, sino para no contribuir a la destrucción y muerte que se avecinaban.

También se especuló con que Majorana, que era un hombre religioso, podría haberse retirado a un monasterio, pero según Recami “no hay pruebas conclusivas de esto”.

 

 

La pista argentina

Si Majorana quiso desparecer sin dejar rastros, esfumarse de la vida y el mundo conocidos, ¿qué mejor que el mítico destino remoto de la Argentina?

Erasmo Recami investigó a fondo esta posibilidad y encontró dos testimonios independientes que la avalan. El primer entrevistado por Recami fue el físico chileno Carlos Rivera, fallecido recientemente, quien en 1950 durante una visita a Buenos Aires se hospedó con una señora cuyo hijo decía haber conocido a Majorana. En un nuevo viaje realizado en 1960, mientras Rivera hacía cálculos sobre una servilleta del Hotel Continental, un mozo le comentó que a veces pasaba por allí a tomar un café un hombre que tenía la misma costumbre. Le dijo que se llamaba Ettore Majorana y que había sido un científico muy importante en Italia. Era conocido el hábito del físico de garabatear sobre pequeños pedazos de papel y cajas de cigarrillos.

Recami agrega:“Por otro lado, recibí en Italia en 1974 el testimonio de Blanca de Mora, la viuda del Nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias. Ella aseguró haber conocido a Majorana en Buenos Aires en 1960, en casa de la matemática italiana Eleonora Manzoni, descendiente del célebre escritor Alessandro Manzoni”. Recami intentó contactar a esta mujer, pero ya había muerto.

El sobrino de Majorana, Ettore, discrepa con esta posibilidad: “Francamente, no creo mucho en la hipótesis argentina. En una desaparición de este tipo existen dos actores: uno es el autor del gesto y otro es el conjunto social que sufre la ausencia causada por él e intenta justificarla. Yo no veo otra posibilidad que el suicidio”.

Ni Sciascia ni Recami pretenden dar una respuesta definitiva al enigma, y dejan su resolución en manos del lector. “Lean todos los documentos de mi libro, y después decidan según les dicte su corazón, su sensibilidad personal”, sugiere Erasmo Recami.

El sobrino Ettore abre una brecha en su escepticismo: “Naturalmente, cuando aparece en escena algún especulador proponiendo hipótesis varias, se lo escucha, porque la esperanza es lo último que se pierde”.

 

 

 

Los libros sobre el caso Majorana

Cuando Leonardo Sciascia se interesó por este tema, supo que un joven físico, Erasmo Recami, lo había precedido en la investigación. Recami cuenta que en 1972 Sciascia lo contactó para verificar si también él tenía intenciones de escribir un libro sobre Majorana, en cuyo caso el siciliano se retiraría del proyecto. El científico, con gran generosidad, decidió posponer su propio libro para que Sciascia pudiera escribir el suyo, y le proporcionó todos los documentos que había recogido.

El escritor siciliano, consultado en una entrevista acerca de cuál era su preferida entre todas sus obras, respondió: “Hasta hace unos años habría respondido ‘Muerte de un inquisidor’; ahora en cambio la respuesta es ‘La desaparición de Majorana’”.

Erasmo Recami es un afamado físico italiano que actualmente trabaja en la Universidad de Bergamo, y quien más a fondo investigó la historia de Majorana. La pasión que puso en su trabajo es evidente en el riguroso libro, inédito aún en español, “Il Caso Majorana: Epistolario, Testimonianze, Documenti”, Mondadori, 1987 y 1991, y reeditado en 2000 y 2002 por Di Renzo Editore.

 

 

 

 

 

 

posted by Arla 18:31 | commenti (1)

mercoledì, dicembre 13, 2006

Estoy leyendo la obra entera de Kurt Vonnegut.  Copio una definición de "Un hombre sin patria" (léanlo, es brillante).

"Un libro es una ordenación de menos de treinta símbolos fonéticos, diez números y unos ocho signos de puntuación, y la gente puede presenciar la erupción del Vesuvio o la batalla de Waterloo con sólo pasar los ojos por encima".

posted by Arla 19:27 | commenti (1)

martedì, dicembre 05, 2006

 

La agonía, la muerte, etc.

Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona

Escribo esto no porque quiera sino porque me lo piden.

Y yo choco mis talones y hago la venia y de frente march obedezco y, de entrada, me prohíbo utilizar eso de Crónica de una muerte anunciada –con seguridad el título más titular en la historia del periodismo y de la literatura– o aquello otro y tan hemingwayano de Murió.

Y, enseguida, claro, el cansancio: basta con empezar a escribir Pino... para que la cabeza se me vaya a opciones tanto más agradables como imaginativas: Pinocho, pinot-noir, pino...

Porque lo cierto es que Pinochet hace tiempo dejó de interesarme.

O mejor dicho –seré sincero– hace ya varios años que me exigí a mí mismo que Pinochet dejara de interesarme.

¿Desde qué momento exactamente? Fácil: desde esa lluviosa mañana londinense (al menos así la evoco) en que un supuestamente poco menos que senil y agonizante fue subido en silla de ruedas a un avión para, menos de un día más tarde, aterrizar en una radiante mañana de Santiago de Chile (al menos así la recuerdo) y, levántate y anda, y protagonizar para las cámaras de todo el mundo el más blasfemo de los milagros. Recuérdenlo, aunque no creo que haga falta: allí, el definido como "ex dictador" –concepto que nunca entendí, porque el aliento que impulsa a los dictadores no deja de soplar nunca en sus cabezas– se paró sin dificultad en la pista del aeropuerto y caminó rapidito hacia los abrazos de seres queridos y saludos de militares.

Allí fue cuando supe que Pinochet había ganado la partida y entonces fue cuando me dije que hasta aquí llegamos y, derrotado, preferí desentenderme de la realidad de sucesivos procesos, arrestos domiciliarios, demandas varias, información sobre cuentas secretas, declaraciones sollozantes de esposa e hijo, y sucesivas internaciones hospitalarias coincidiendo siempre con las fechas de juicios.

Ahora, otra vez, Pinochet. Ahora Pinochet –quien la semana pasada se hizo un ratito para escribir y hacer difundir una carta que nadie debería publicar si de mí dependiera, porque ciertas poluciones deberían evitarse más allá de toda responsabilidad periodística, donde afirma que "Hoy, cerca del final de mis días, quiero manifestar que no guardo rencor a nadie, que amo a mi patria por encima de todo y que asumo la responsabilidad política de todo lo obrado"– se debate entre este lado y el otro como muerto-vivo o vivo-muerto.

Da igual.

Ya lo vivimos hasta la muerte durante los últimos tiempos de Juan Pablo II. Lo que importa y lo que duele en este caso particular –lo que ya ni siquiera indigna, por lo menos en mi caso– es que, antes, el tipo se dé el lujo de confesarnos que nos perdona, que no nos guarda rencor por todo lo que le hicimos y que, además, recibe sin problemas y por las dudas esa extremaunción que todo lo lava y lo cura. Es decir: Pinochet rió primero y ahora, además, ríe último. El crimen no solo paga. Además, paga al contado.

Mientras tanto, material de archivo en los noticieros, las filmaciones de un ser que primero parece una máquina de anteojos oscuros y después un abuelito inofensivo y los adoradores del águila frente a la clínica donde está internado sosteniendo carteles donde se lee "Inmortal" y los detractores del buitre festejando su muerte inminente como si se tratara de un acto de justicia divina cuando lejos está de serlo.

Morirnos nos morimos todos. La mayoría mucho antes de alcanzar los 91 años. Morirse no es un castigo sino una constante. Los malos se mueren y los buenos también. Y no seré yo quien explore aquí el misterio o el pacto que, por lo general, por lo generalísimo, les permite a los dictadores morir muy viejos o por su propia mano, llegando rara vez a escuchar el veredicto de los hombres. Lo siento, pero las probabilidades de un juicio en el Más Allá me parecen pocas. No hay evidencia que permita pensar en la viabilidad de algo por el estilo.

Así, tal vez mientras escribo esto, Pinochet se muera, se va a morir, se morirá como si nada después de haberlo hecho todo y beneficiándose de la privacidad hospitalaria –y no carcelaria– del acto más privado que jamás experimenta un ser más o menos humano. Afuera, lejos de los que lo aman y los que lo odian están todos aquellos que –indiferentes– permitieron su existencia y su permanencia. Y eso es lo terrible: es tan pero tan fácil entrar en la Historia. Alcanza con patear una puerta y ocupar un sillón.

De ahí lo de antes, lo del principio. Pinochet no me interesa.

Me niego a que Pinochet –su agonía y su muerte– me interese.

Pinochet ni siquiera me parece interesante –deformación profesional– como gran protagonista del tipo Yo, el supremo o El otoño del patriarca o La fiesta del chivo. No le da el cuerpo ni la altura. No tiene densidad suficiente. No me parece casual que Roberto Bolaño en su formidable Nocturno de Chile –originalmente titulado Tormenta de mierda– le otorgue apenas un rol secundario y lo muestre como un ser opaco, preocupado por los libros que leen los otros y como alguien que suele quedarse dormido en público.

Allí está ahora Pinochet. Dormitando en la tierra donde nació y donde pronto será enterrado. La tierra que –como reza su cartita casi póstuma– "juzgará con objetividad" su proceder y que "reconocerá que la obra realizada colocó a Chile a la cabeza de las principales naciones de este continente", porque lo suyo siempre pasó "por engrandecer a Chile y evitar su desintegración".

Ahora, en cualquier momento, Pinochet se desintegra con la felicidad de saberse inolvidable. Me niego a eso y por lo menos –pequeñez, ínfimo consuelo– lo saco a rastras de mi memoria.

En lo que a mí respecta –mientras mi televisor asegura que "está lúcido y, dentro de su enorme gravedad, su estado es estable y, para sorpresa de los médicos que lo atienden, ha mejorado"– hasta aquí llegué y aquí termino antes de que él se acabe y hasta nunca y etcétera y quién era, quién es, cómo se llamaba ese tipo que agoniza, que se muere, que durante tanto tiempo fue nada más y nada menos que la muerte y que, feliz en la guerra, ahora, con la tranquilidad que otorga lo que él entiende como un trabajo bien hecho, se dispone a descansar en paz.

Pero todavía no.

 

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sabato, novembre 25, 2006

Cuento escrito por mi sobrinita Lucía (6 años recién cumplidos, todavía no empezó la escuela).

DELFINES

EN

EL

AGUA

 

 

 

LA

DELFINA

FLOR

SE

ENCONTRO

CON

LA

DELFINA

ROSA

Y

SE

FUERON

A

TOMAR

UN

TE

CHAU

CHAU

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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mercoledì, novembre 08, 2006

Alguien que quiero mucho me escribió esto:

So che è molto difficile, ma anche che è molto importante lasciarsi alle spalle la chimera di una balena bianca. Ma è l'unica cosa da fare, temo, per riprendere il mare e scoprire che più in là c'è un altro orizzonte. O magari è vicino, proprio sotto gli occhi, ma non lo si vede finché si hanno gli occhi abbagliati di mare. Mare di Genova, mare di Achab, mare di una navigazione virtuale che ti ha fatto pagare con troppo dolore il prezzo del biglietto di questo viaggio senza meta.
So benissimo che è facile parlare dall'esterno, e che mentre ti ripeto di dimenticare, comprendo perfettamente il tuo bisogno di ricordare.
In fondo, sai?, io ho sempre pensato che bisogna soffrirlo fino in fondo un dolore, per poterlo esorcizzare.

posted by Arla 22:52 | commenti (2)

lunedì, novembre 06, 2006

Tutti mi dicevano vedrai
è successo a tutti però poi
ti alzi un giorno e non ci pensi più
la scorderai, ti scorderai di lei.

Solo che non va proprio così
ore spese a guardare gli ultimi
attimi in cui tu eri qui con me
dove ho sbagliato e perché
ma poi mi son risposto che non ho

nessun rimpianto nessun rimorso
soltanto certe volte capita che appena
prima di dormire mi sembra di sentire
il tuo ricordo che mi bussa
e mi fa male un po'

Come dicon tutti il tempo è
l'unica cura possibile
solo l'orgoglio ci mette un po'
un po' di più per ritirarsi su

però mi ha aiutato a chiedermi
s'era giusto essere trattato così
da una persona che diceva di
amarmi e proteggermi
prima di abbandonarmi qui non ho


nessun rimpianto nessun rimorso
soltanto certe volte capita che appena
prima di dormire mi sembra di sentire
il tuo ricordo che mi bussa
ma io non aprirò.

posted by Arla 23:09 | commenti (1)

mercoledì, ottobre 25, 2006

Siciliani

 

No veo, no oigo, no hablo.  Esta era la sentencia ancestral de los campesinos sicilianos cuando tenían que elegir entre testimoniar ante la autoridad de turno acerca de algún delito u ocultarlo. Algo de este mutismo leal se conserva hoy en la isla. A la vez, los sicilianos resienten que se los vincule al estereotipo mafioso (quizá un derivado indeseable de su sentido de fraternidad) y se muestran dignamente generosos y hospitalarios.

Los rostros sicilianos revelan los rasgos de todos los invasores que pasaron por allí: árabes, normandos, griegos, españoles. Los italianos del Norte –otro universo- los nombran, despectivamente, como “africanos”. Es otra la presencia de la vecina costa africana en Sicilia: el sirocco, cuando el aire parece detenerse y, en segundos, irrumpe un viento hirviente que abrasa el rostro y corta literalmente la respiración. 

Por las tardes, viejitos de camisa blanca, pantalón y saco negros y cigarro reglamentario se sientan en las plazas de pueblo a jugar a las cartas y a relatar sus días en siciliano, su verdadera lengua. El dialecto, impenetrable y lleno de “u”, cada tanto se ilumina, para mí, con alguna palabra olvidada allí por el invasor español.  Mientras tanto las señoras ajetrean en la cocina, entre tomates frescos, peperoncino, higos de India, albahaca.

El juez Falcone - asesinado por la mafia - escribió que el siciliano es, antes que nada, siciliano; y sólo después médico, abogado o policía. Quienes nacieron bajo el influjo del Etna tienen un sentido barroco de la vida, en consonancia con sus antiguas iglesias color ocre. Así como influencias contrastantes definieron su arquitectura, cualidades contradictorias forjaron su carácter: son apasionados y esquivos a la vez, afectuosos y discretos, renuentes a demostrar dolor.  Su modo de ser está cargado de un extremismo y un fatalismo que Gesualdo Bufalino atribuyó a la insularidad. Según el escritor, esta cualidad los hace oscilar entre la claustrofobia y la claustrofilia.  La insularidad no es sólo una segregación geográfica, sino que arrastra la del propio corazón.  De allí surgen su orgullo, su desconfianza, el pudor y la conciencia de ser distintos. Escribió Bufalino: “El resultado de esto es, cuando no se logra o no se quiere huir de la isla, una enfática soledad”.

 

posted by Arla 10:14 | commenti (1)

lunedì, agosto 28, 2006

Mi amado escritor uruguayo Mario Benedetti sobre Fidel:


 

Mario Benedetti
He pasado en Cuba varios períodos: la primera vez como invitado y luego varias más como exiliado. Desde su estallido, la Revolución Cubana fue una gran sacudida para nuestra América. En el Río de la Plata, los sectores culturales habían atendido primordialmente a Europa, pero la Revolución nos hizo mirar a América Latina. No sólo para interiorizarnos de los problemas del subcontinente sino también para aquilatar el poder y la presión de los Estados Unidos.

En cuanto a la personalidad del propio Fidel, debo consignar que estuve varias veces con él y pude apreciar la sencillez de sus planteos, un inesperado y excelente nivel cultural, la franqueza de que hacía gala ante nuestras objeciones y su infranqueable voluntad de defender y mejorar el nivel de su pueblo.

Los datos, fácilmente comprobables, de que en la isla virtualmente no existen analfabetos (pude ver a octogenarios que asistían a clases de enseñanza primaria), que la atención a la salud es gratuita y del mejor nivel (de mi propio país viajan constantemente enfermos de cataratas y hasta de ceguera, que son atendidos gratuitamente y regresan totalmente recuperados), no deben olvidarse a la hora de juzgar su trayectoria.

En esta ocasión de sus bien ganados ochenta, es bueno que le regalemos nuestro sincero reconocimiento.

(El texto que antecede fue escrito antes del contratiempo de salud sufrido por Fidel y que tuvo una trascendencia a nivel mundial, algo que confirma lo que algún especialista señaló: que Fidel es el único gran personaje del pasado cercano que aun sobrevive. Según las noticias que llegan de la isla, Fidel se está recuperando más rápidamente de lo que se preveía. Siempre ha sido un hombre fuerte y de poderosa voluntad, así que no sería de extrañar que a corto plazo ejerciera nuevamente sus tradicionales funciones. Ojalá).

Mario Benedetti
 

posted by Arla 20:15 | commenti (6)

venerdì, agosto 04, 2006

Dean Reed

En estos días saldrá publicada una nota que escribí sobre Dean Reed y que copio aquí abajo.

Un gran tipo, después de todo.

Quiero agradecer a su hermano Dale por haber sido tan generoso conmigo.

Yanqui come home      

 

En pleno auge de la música de Palito Ortega y El Club del Clan, aterrizó en Argentina Dean Reed, el rockero que inspiró a Tom Hanks para su próxima película.  El extraño derrotero de un yanqui marxista, desde Buenos Aires a su misteriosa muerte tras la Cortina de Hierro.

 

 

El mundo se acordó de Dean Reed.  Después de años en que los medios de su país oscilaron entre ignorarlo y tratarlo de traidor a la causa americana, el actor Tom Hanks, quien se declaró fascinado por la figura del cantante, compró los derechos para filmar una película sobre su vida.  Al mismo tiempo, se reeditó “Camarada Rockstar”, la biografía escrita por la periodista  Reggie Nadelson  (Walker & Company, Nueva York, 2006).

   La historia de Dean Reed podría haberse rodado en Argentina, donde el artista vivió, trabajó y obtuvo mucho más reconocimiento que en su propia patria. Reed era un personaje imposible de encasillar.  Tenía la imagen del típico muchachito norteamericano:  rubio, de ojos azules y enorme sonrisa blanca, pero su conducta nunca respondió a ese estereotipo.  Su personalidad era una caja china, que conjugaba al aspirante a actor de Hollywood con el cantante de rock, el adalid de la causa revolucionaria latinoamericana, el vaquero de los spaghetti westerns y el showman que enloqueció a los jóvenes comunistas durante la Guerra Fría.

   Inventó un género musical del cual es el único representante:  mezcla de temas setentosos onda Alta Tensión con la canción de protesta de la izquierda latinoamericana.  Una muestra es su bizarro hit “Somos los revolucionarios”, donde entonaba, con acento inglés, el siguiente texto:  “San Martín ya nos mostró cuál rumbo hay que seguir/ También tú debes luchar, tu destino construir”, y alentaba al público a unirse al estribillo al grito de “Everybody now!”. 

   Nació en 1938 en Lakewood, Colorado, y pasó los primeros años de su vida en un trailer, de una ciudad a otra, junto a sus padres y sus hermanos Dale y Vernon.  A los veinte años decidió dedicarse a la música, contrariando el mandato paterno, y a fines de los 50 se mudó a Hollywood, donde fue contratado por la Warner y grabó su primer disco con la compañía Capitol.

 

El rival de Palito

   

El mundo de Hollywood, al que calificó de “casa de putas”, no era lo que él imaginaba, y pronto buscó nuevos horizontes.   “Cuando Dean se enteró de que sus discos se vendían mejor en Sudamérica que en Estados Unidos, se fue a vivir al Sur”, dice Dale, su hermano mayor, ingeniero retirado de 70 años. 

   El cantante llegó a Buenos Aires en 1964 junto con su primera esposa Patricia, actriz y madre de su hija Ramona.  En ese año fue coprotagonista de Violeta Rivas y Néstor Fabián en la comedia televisiva “Todo es amor”.  “Enseguida tuvo una gran aceptación entre el público, porque era muy carismático”, afirma Rivas.  “Le encantaba la Argentina y había aprendido a hacer asados.  Era simpatiquísimo y realmente muy humilde, una persona como cualquiera de nosotros”, sonríe la actriz. 

   Filmó dos películas aquí:  “Mi primera novia”, donde le disputaba los favores de Evangelina Salazar a Palito Ortega (1966), y “Ritmo nuevo, vieja ola”, con Mercedes Carreras (1964).

   Editó en el país 10 discos simples y 3 LPs, y en sus recitales era capaz de conciliar melosas baladas románticas y canciones de rock con temas combativos.  Sus discos, “Dean ‘Simpatía’ Reed”  o “El cantante prohibido”, incluían títulos tan dispares como “Hippy, hippy, shake” y “Si se calla el cantor”, de Horacio Guarany.

 

Parte de la revolución

 

Pero lo más importante que le dio América latina fue que despertó su conciencia política.  Poco antes de venir a Argentina pasó por Chile, donde la visión idealista de su propio país se desvaneció. La leyenda “Yanquis go home” pintada en los muros lo sorprendió y lo lastimó.  Hasta ese momento, Reed tenía la idea ingenua de que Estados Unidos era el muchacho bueno de las películas, el benefactor de los países pobres, y aquí descubrió la otra cara de la moneda.  Como declaró en un documental:  “Sudamérica cambió mi vida.  Allí se ve la justicia y la injusticia tan claramente que hay que tomar partido.  Yo no era ni capitalista ni ciego, así que me transformé en un revolucionario”. Cantó en apoyo de los mineros en Chile, del Frente Amplio en Uruguay, de los indios amazónicos.  Participó en la campaña de Salvador Allende y en el Festival de la solidaridad Chile-Vietnam en 1973, junto a Víctor Heredia, Zitarrosa y Quilapayún. 

   Sus actitudes le trajeron problemas con los gobiernos autoritarios de entonces y estuvo preso en Argentina, Uruguay y Chile.  Su ex esposa Patricia relata:  “Era una época muy tumultuosa en la Argentina.  Algunos de nuestros amigos fueron asesinados por sus ideas políticas, lo que nos afectó muchísimo.  Al final de nuestra estadía nuestras vidas estaban en peligro, y nos aconsejaron que dejáramos el país.” Finalmente, en 1966, la dictadura de Onganía lo expulsó.  “En el aeropuerto había alrededor de 20 mil personas que habían ido a despedirnos.  Fue un verdadero regalo de amor, y nuestra gratitud a ese pueblo es eterna. Nunca lo olvidé, tampoco Dean”, recuerda Patricia.

 

El Elvis de la Plaza Roja